Érase una vez un niño muy, muy especial. Había nacido en una familia muy humilde en una chabola construida por su propio padre en pleno campo junto a un riachuelo y rodeados de montañas; eso sí, aquella casita relucía de limpia. 
Él era el más pequeño de 7 hermanos: 3 chicas y 4 chicos.
En el colegio eran despreciados por ser los más pobres del lugar y no tener ropas bonitas, ni juguetes caros. Sus hermanos y hermanas se enzarzaban en discusiones y peleas ante los insultos o risas de los compañeros, y casi todos los días se ganaban algún castigo. 


Pero nuestro amiguito no respondía a las burlas ni humillaciones: Respiraba profundamente, ponía la mano en su corazón y entonaba una canción interior mágica que le transportaba a un estado de felicidad y calma total.
Todos se preguntaban cómo podía estar siempre feliz siendo tan pobre y tan pequeño…Además nunca se metía en líos y sacaba unas notas extraordinarias.

Hasta que un día que se armó la marimorena en el pueblo y todo el mundo discutía, peleaba y despotricaba, él se armó de valor, se disfrazó y salió a cantar su canción a grito pelado. Sus hermanas se unieron a él y, de pronto, todo cambió: La gente empezó a aplaudir, reir y cantar.

La alegría volvió al lugar, le imitaron llevando sus manos al corazón y respirando profundamente. Ya nunca volvieron a pelear y todos se volvieron generosos compartiendo y disfrutando juntos.
Un secreto: (Si quieres conocer la canción tendrás que escuchar tu corazón, chimpón).
